Reserve en Línea

Personajes Ilustres de Zacatecas

Eulalia Guzmán

Nació Eulalia el 12 de febrero de 1890 en el poblado de San Pedro Piedra Gorda (hoy Cuauhtémoc), Zacatecas, localidad agrícola, ganadera y comercial situada a la vera del camino entre Aguascalientes y la capital zacatecana. Como la mayor parte del territorio del estado, el entorno árido y accidentado abunda en mezquites, zacates y nopales, pero en él es posible cultivar con cierto éxito maíz, trigo y chiles. Fue en ese paisaje y en esa comunidad donde Eulalia vivió sus primeros años. Eulalia debió ser una niña inquieta; el hecho de que en aquellos tiempos, cuando el destino natural de una mujer era el hogar, ella se decidiera a seguir la carrera magisterial (en la que incursionó desde sus jóvenes 14 años de edad), la muestran como poseedora de un temperamento firme y propositivo, inquieto y capaz de encontrar vías de solución a los problemas que su situación o sus propias decisiones le plantearan. El entorno familiar debió de haberle sido favorable, pues en aras de ofrecer a sus hijos mejores condiciones de desarrollo personal, sus padres decidieron trasladarse a la ciudad de México en 1898.

La figura y la labor de la maestra Eulalia Guzmán constituyen referencias indispensables en la historia reciente de la pedagogía, la arqueología y la historiografía mexicanas, pero también trascienden el ámbito académico y forman parte de los movimientos sociales y culturales más progresistas de las seis primeras décadas del siglo XX. Aún más, tal vez uno de los rasgos más notables de su obra académica consiste en que su precoz y siempre abierta vocación social dirigió, sin ambages ni falsas pretensiones de objetividad –si es que tal existe en la reconstrucción histórica–, su constante búsqueda por generar en sus estudiantes, colegas y lectores una clara conciencia de orgullo ante el valor de las antiguas civilizaciones mesoamericanas, y un no menos claro rechazo a cualquier tipo de proyecto social que abandone el pensamiento libre y el reconocimiento universal de los derechos como sus principales ejes de pensamiento y acción.

Resulta relativamente fácil comprender la obra de la joven Eulalia como parte de una generación que creció a la sombra de la lucha revolucionaria, y que encontró en el espacio de formación de un nuevo proyecto nacional la oportunidad para promover sus ideales de justicia y equidad; más trabajoso es, en cambio, escudriñar en sus antecedentes personales para definir el origen de sus inquietudes.

La ciudad capital ofreció a Eulalia –y ésta la supo tomar– la oportunidad de encauzar sus inquietudes y su inteligencia en la participación en grupos de diversa naturaleza: en 1906, su nombre se suma al de Hermila Galindo, Luz Vera y Laura N. Torres en el grupo fundador de la agrupación política “Admiradoras de Juárez”, cuyo objetivo era la emancipación política de la mujer a través de la obtención de su derecho al sufragio. Como parte de este “club” –uno de los muchos que se organizaron en todo el país en los últimos años del porfiriato–, Eulalia entró en contacto con otras organizaciones feministas y liberales. Aunque su participación activa en la campaña política de Francisco I. Madero no está documentada directamente, conocemos muchas muestras de su adhesión a la causa antirreeleccionista. Su cercanía con la familia Madero fue tal que tras la captura del presidente en febrero de 1913 por parte del general Victoriano Huerta, acudió junto con su amiga María Arias Bernal a Palacio Nacional para interceder por don Francisco ante Huerta, pero éste se negó a recibirlas. Al día siguiente, al darse a conocer la noticia de la muerte de Madero, la joven maestra acompañó a la viuda, doña Sara Pérez, y a don Federico Montes a reclamar los restos mortales del líder. Tal acción le valdría ser reconocida como parte del grupo de Veteranos de la Revolución Mexicana.

Desde 1919, y desconocemos hasta cuándo, Eulalia formó parte de la célula fundadora y dirigente del primer grupo Rosacruz del país, el llamado “Grupo Anáhuac de AMORC”, generado a partir de la Sociedad Filomática de México, agrupación “filosófica y filantrópica”. Fue en el seno de esa asociación donde Eulalia entró en contacto con personajes como el senador Jesús Silva Herzog y el pintor Diego Rivera, quien jugaría un papel destacado en la defensa de la autenticidad de los restos de Cuauhtémoc que la profesora Guzmán identificaría años después. Por cierto, no faltó quien más tarde intentara descalificar las opiniones de la investigadora con base en su “inclinación a la parasicología”, en clara alusión (por supuesto mal intencionada) a su experiencia rosacruz.

LA CARRERA ARQUEOLÓGICA

En 1913, Eulalia había asistido a un curso de antropología que el doctor estadounidense Franz Boas impartía como parte de las actividades de la Escuela Internacional de Arqueología, Historia y Etnografía, entonces en funcionamiento en el Museo Nacional de México. Sin duda, su acercamiento al Museo –a la sazón una de las principales instituciones académicas del continente–, comenzó a perfilar su interés en los temas de la antropología, y en medida cada vez mayor, en la vida cultural del México indígena prehispánico, al que más tarde dedicaría todo su esfuerzo.

No fue hasta su regreso de Europa, en 1930, cuando decidió continuar sus estudios en esta área. A la par de sus tareas en la administración pública, ingresó entonces a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM para realizar estudios de maestría en Filosofía, grado que obtuvo en 1932 con la tesis “Caracteres esenciales del arte antiguo de México”, que fue publicada por la revista de la Universidad Nacional e incluso le fue solicitada para su publicación en el extranjero. Su paso por la facultad la puso en contacto con personajes de la talla de Antonio y Alfonso Caso, arqueólogo este último, quien la invitó a participar en la exploración que él dirigía en el sitio de Monte Albán. No sólo su trato frecuente, sino su visión común de la necesidad de trabajar en favor de la población indígena del país, hizo de Eulalia una amiga cercana al maestro y su esposa, María Lombardo. Sin embargo, su propia dedicación al trabajo arqueológico, y la oportunidad de ponerse en contacto con el Museo Nacional le valieron ser nombrada en 1934 jefa del Departamento de Arqueología de esa institución, donde impartió clases de cerámica prehispánica. Mujer pionera en la exploración arqueológica en México, Eulalia Guzmán publicó diversos artículos en el Boletín del Museo Nacional en los que dio a conocer los resultados de su trabajo de campo; resaltan en este ámbito su recorridos en la Mixteca Alta de Oaxaca, en Chiapas y en el llamado Cerro de la Cantera, en Morelos, sitio hoy conocido como Chalcatzingo. Su acercamiento a los códices y a los documentos antiguos que tenía a la mano en el Museo pronto le definieron la vocación de historiadora, y no vaciló en aceptar una nueva comisión, ahora por parte de la Secretaría de Educación Pública y del Instituto Nacional de Bellas Artes, para buscar antiguos documentos mexicanos en diferentes países de Europa.

Ana María Campa y Cos

Nació en Sombrerete el 11 de agosto de 1734. Hija única de Fernando de la Campa, I Conde de San Mateo y de Isabel Rosa Catalina de Cevallos y Villegas, quienes contrajeron matrimonio, ambos en segundas nupcias. Media hermana de María Ildefonsa y Juliana Isabel. Su padre Fernando, dispuesto a retirarse de la actividad pública, decide asegurar el futuro de su hija menor para evitar problemas como el de sus dos hijas del primer matrimonio, quienes, a la muerte de su madre, reclamaron su herencia junto con sus maridos. Así, cuando Ana María cumplió cuatro años, ante el notario Nicolás Gustio, en escritura de fundación expedida el 8 de junio de 1738, otorgó un mayorazgo a favor de su hija Ana María de la Campa y Cos Cevallos y Villegas. Dentro de dicho documento se añade una casa de altos construida en la ciudad de Zacatecas, localizada en la plazuela de Villareal, hoy jardín Independencia. Este mayorazgo ascendió a 326.500 pesos.

Fue condesa del San Mateo (1742), esposa de Miguel de Berrio y Zaldívar, marqués de Jaral del Berrio. Mujer noble que destaca por ser una mujer exitosa a pesar de vivir en una sociedad regida por el género masculino.

A la edad de 15 años, Ana María contrajo matrimonio con Miguel Calixto de Berrio y Saldívar en la ciudad de Zacatecas el 25 de diciembre de 1749. Miguel, hijo de Teresa Josefa de Paz y Vera y el capitán Andrés de Berrio y Diez Palacios Ortiz y Landázuri y Ayala. Al morir su madre, Miguel recibió una cuantiosa herencia, la cual, al fusionarse con las propiedades de Ana María, se convirtió en uno de los patrimonios más importantes de la Nueva España que los hizo ser reconocidos como personajes representativos del siglo XVIII. Las propiedades se extendían desde Zacatecas hasta la Ciudad de México.

Doña Ana María de la Campa y Cos, conocida por su espíritu altruista, mando la construcción del acueducto de la ciudad de zacatecas. La Condesa también mandó construir una fuente en la Plaza Villareal, lo que en la actualidad es el Jardín Independencia. Esta fuente tomó el nombre de su benefactora, “Fuente de la Condesa”, que desaparece al construir en su lugar el monumento de la Independencia en 1910 que existe hasta nuestros  días.

Luz González Cosío

La Señora Luz González Cosío de López nació en la ciudad de Zacatecas, Zac., el año de 1869.

Fue una mujer talentosa y de vasta cultura, con un pensamiento adelantado a su tiempo. A lo largo de su vida se caracterizó por el deseo constante de encontrar los mejores cauces de asistencia social hacia las personas más desfavorecidas y vulnerables; al igual, que de buscar los medios más propicios donde la mujer de su época pudiera desarrollarse y superarse en los órdenes de formación personal y del desarrollo profesional.

Fue la hija primogénita del Sr. General Manuel González Cosío y de la Sra. Luz Acosta de González Cosío. Su padre peleó en las guerras de Reforma y combatió contra la Intervención Francesa; fue Gobernador del Estado de Zacatecas y formó parte en varias ocasiones del gabinete del Gral. Porfirio Díaz, como titular de diversas Secretarias de Estado, entre las que destacan la Secretaría de Gobernación y la Secretaría de Guerra y Marina.

Doña Luz González Cosío de López desde su más tierna infancia demostró su clara inteligencia y su amor al estudio. Tenía apenas quince años cuando recibió el título de profesora de instrucción primaria. Poco después se casó con el célebre oculista Doctor Fernando López y Sánchez Román.

Fue fundadora y sostenedora de obras benéficas de trascendencia:

  1. – La Cruz Roja Mexicana
  2. – El Asilo Colón para pequeños huérfanos.
  3. – La Asociación Mexicana de la Gota de Leche.
  4. – La Asociación de Madres Mexicanas.
  5. – La Asociación Femenil Iberoamericana.

Los estatutos de estas instituciones orientaban hacia un progreso notable, mostrando el profundo estudio que la Doña Luz hizo de las necesidades materiales y morales de la mujer y de la infancia.

Así pues, Doña Luz fue la precursora:

  1. – De la creación de las casas hogar para niños.
  2. – De los tribunales para menores.
  3. – De los asilos para niños abandonados.
  4. – De las escuelas para minusválidos.
  5. – De la superación femenina.

Antes de casarse, el Dr. Fernando López estuvo becado por el Gobierno de México para perfeccionar sus conocimientos de oftalmología, en la Universidad de la Sorbona de París en Francia y para conocer los sistemas de sanidad del ejército francés. Casualmente le tocó presenciar el incendio de la Ópera Cómica de Paris y los servicios que en este terrible acontecimiento prestaron el cuerpo de bomberos y los miembros de Cruz Roja en esa ciudad.

Ante la eficacia y notable regularidad de los servicios de Cruz Roja Francesa, el Dr. López pensó que no sólo deberían reglamentarse en México los servicios sanitarios del Ejército en campaña sino crear con urgencia la Cruz Roja en México, para atender desastres, ya derivasen de guerra o de simples desgracias individuales o colectivas.

A su regreso a México, el Dr. López visitó al Gral. Manuel González Cosío, en aquel entonces Ministro de Guerra del gobierno del Gral. Porfirio Díaz, para agradecerle el haber tenido las facilidades para incrementar sus conocimientos en su especialidad. En esa ocasión, tuvo la oportunidad de conocer a su hija Luz, la cual contaba en esa época con apenas quince años, duplicándole el Dr. López la edad. Se trataron y al poco tiempo contrajeron nupcias.

Doña Luz, entusiasmada con los relatos de su esposo acerca de la actuación de Cruz Roja en el incendio de la Ópera Cómica de París decidió poner en marcha junto con el Dr. López la creación en México de la Cruz Roja, en cuanto se presentase la oportunidad.

Pasaron los años y en 1895, con motivo de un conflicto entre el Gobierno de México y Guatemala estuvo a punto de estallar una guerra entre las dos naciones vecinas. Entonces, Doña Luz recordó a su esposo la necesidad de que se crease la Cruz Roja en nuestro país y tanto ella como su esposo difundieron su entusiasmo entre sus amistades, que eran muchas y valiosas. Por fortuna, poco tiempo después se arreglaron las dificultades internaciones y vuelta la calma, las ideas sobre la fundación de la Cruz Roja dejaron de ser prioridad.

El matrimonio López, departiendo con un grupo de amigos acerca de su idea de crear la Cruz Roja en México, revivió en ella el entusiasmo y, previo consentimiento de su esposo, decidió solicitar audiencia con el Sr. Presidente de la República, Gral. Porfirio Díaz, a fin de obtener la ayuda oficial necesaria para lograr un propósito que debería considerarse inaplazable.

Después de una primera entrevista con el Sr. Presidente, en la cual éste le recomendó tratar el asunto con el Gral. Manuel Mondragón y con el Gral. Bernardo Reyes, volvió Doña Luz a una segunda audiencia con el Gral. Porfirio Díaz, asistiendo a la misma el Gral. Reyes, quien expuso que en su concepto era peligroso el establecimiento de Cruz Roja por los fuertes compromisos pecuniarios que podría originar al Gobierno, pues constantemente aparecían en los periódicos noticias acerca de las crecidas sumas que Cruz Roja Internacional solicitaba y recogía en casos de desastres. La Sra. Luz González Cosío de López defendió vehementemente la idea, alegando que la ilimitada confianza que Cruz Roja lograba inspirar a todas las sociedades del mundo, hacía que sus propios miembros proveyeran los fondos para su sostenimiento, participando en pequeña escala el erario público.

Convencido el Gral. Porfirio Díaz, dio su autorización para fomentar la idea y solicitó a Doña Luz los pormenores para ponerla en marcha con la mayor brevedad posible. Ella le presentó sus investigaciones sobre la organización de Cruz Roja en varios países del mundo y muy especialmente de Japón, cuyo gobierno había subvencionado a Cruz Roja con 15,000 yenes anuales, equivalente a 15,000 pesos mexicanos de aquel entonces, por lo cual solicitó al Gobierno Mexicano fuera asignada la misma suma a la incipiente organización que estaba tratando de fundar. Accedió el Gral. Porfirio Díaz a la anterior solicitud y ordenó a la Secretaría de Hacienda fuera cubierta la mencionada ayuda.

El Gral. Porfirio Díaz y Doña Luz estudiaron sobre quien debería crear las bases para la organización de Cruz Roja y conjuntamente convinieron que se formase una comisión. El Dr. Fernando López atendería la parte médica, el Lic. Joaquín Casasús vería la parte legal y el Gral. Mondragón se ocuparía de los asuntos relacionados con el ejército.

Posteriormente, se llevó a cabo una reunión en la casa de los señores López, ubicada en el número 19 de la calle de las Artes, ahora Antonio Caso. En esta junta se dio lectura a un proyecto de estatutos que presentó Don Luis Gaudry Rico, pero como no satisficiese a los presentes, se encargó a Doña Luz que los estudiase y presentara un dictamen sobre los mismos. A partir de este momento, Doña Luz estrechó sus relaciones con Cruz Roja Estadounidense, Cruz Roja Inglesa, Cruz Roja Española y con el Comité Internacional de Cruz Roja en Ginebra, Suiza; de suerte que con los datos que así pudo adquirir, creó un nuevo proyecto de estatutos en coordinación con su esposo, con el Gral. Mondragón y con el Lic. Manuel Septién.

Este proyecto de Estatutos de Cruz Roja Mexicana se dio a conocer en una sesión subsecuente, siendo aprobado por unanimidad y posteriormente por el Gobierno de la Nación.

Continuaron realizándose varias reuniones en casa de los esposos López y así llegaron los días 27 y 28 de Agosto de 1909, días en que la ciudad de Monterrey sufrió una terrible inundación con cuantiosos daños materiales y pérdidas de vidas.

Sin pérdida de tiempo, los esposos López sostuvieron una entrevista con el Presidente de la República, Gral. Porfirio Díaz, el cual dijo textualmente al Dr. López: “Fernando, las ocasiones se aprovechan, no tienen ustedes ninguna mejor para dar a conocer la Cruz Roja, que ésta que se ha presentado”.

El 2 de septiembre de 1909  por la noche salieron de la estación Colonia en un tren especial para Cruz Roja, proporcionado por el Gral. González Cosío rumbo a la ciudad de Monterrey, acompañados por un grupo de enfermeras del Hospital General, del cual era Director el Dr. López y de un grupo de voluntarios. Durante el trayecto de México a Monterrey el Gral. José María Mier, subsecretario de Guerra y Marina, colocó a los miembros de la expedición los brazaletes respectivos tocando el número uno a Doña Luz González Cosío de López  y el número dos al Dr. López, su esposo.

A su llegada a Monterrey, se repartieron víveres, abrigos, medicinas y servicios médicos, con los elementos enviados por todo el país, que supo responder al llamamiento que se le hizo y esta obra benéfica fue la primera que en el terreno de los hechos llevó a cabo Cruz Roja en la República Mexicana.

Después de estos hechos, Doña Luz logró gracias a su cercanía con el Gral. Porfirio Díaz, que fuese expedido el decreto No. 401 del 21 de febrero de 1910 en el que se le reconoce personalidad oficial a la benemérita Institución, llamada en aquel entonces “Asociación Mexicana de Cruz Roja”.

Encaminadas así las cosas por la vía legal, los miembros de la naciente Cruz Roja realizaron elecciones definitivas para la mesa directiva, celebrando la sesión en casa de los Sres. López el día 26 de abril de 1910.

La labor de Doña Luz como Fundadora de Cruz Roja Mexicana fue ampliamente reconocida por la Asamblea Suprema de Cruz Roja Española, al otorgarle la Medalla de Oro y el Diploma,  que son la máxima distinción que esa Institución confiere.

En abril de 1911 Doña Luz difundió una convocatoria, invitando a las damas de todas las clases sociales para que asistieran a una junta que tendría lugar el 24 de abril de 1911 a las 4 de la tarde en la Escuela de Comercio, ubicada en la calle de Ayuntamiento No. 152, para formar el primer comité de Damas Voluntarias de Cruz Roja Mexicana.

Esta serie de acontecimientos darían origen a lo que hoy es una Institución orgullo para la nación.

Alejada físicamente de Cruz Roja Mexicana en los últimos años de su vida, por razones de salud, Doña Luz conservó inalterable su pensamiento de que la Institución debería crecer tanto en servicio como en capacidad de respuesta y de extensión hacia la mayor cantidad de ciudades de la República. Es por ello que nunca dejó de invitar a la población a ayudar a Cruz Roja y a sumarse a Ella.

La Sra. Luz González Cosío de López fallece en la Ciudad de México, D.F., el mes de marzo de 1940.

Sra. Luz González Cosío de López:

1869: Nace en la ciudad de Zacatecas, Zac.

1871: Su padre el Gral. Manuel González Cosío es gobernador del Estado de Zacatecas.

1884: Recibe el título de profesora de Instrucción Primaria.

1886 – 1891: Su padre funge como diputado federal y senador de la república.

1891 – 1895: Su padre es Secretario de Comercio y Obras Públicas.

1895: Surge un conflicto entre los gobiernos de México y Guatemala, ante el cual, Doña Luz ve la necesidad urgente de crear Cruz Roja en México.

1895 – 1903: Su padre es Secretario de Gobernación.

1903 – 1905: Su padre es Secretario de Fomento.

1905 – 1911: Su padre es Secretario de Guerra y Marina.

1909: La ciudad de Monterrey, N.L. sufre una inundación, donde se lleva a cabo la primera obra benéfica de Cruz Roja Mexicana.

1910: Se expide el decreto oficial que reconoce personalidad a la llamada entonces “Asociación Mexicana de la Cruz Roja”.

1910: Convoca una reunión para formar la mesa directiva de Cruz Roja Mexicana.

1910: Es galardonada por La asamblea suprema de Cruz Roja Española.

1911: Forma el primer comité de Damas Voluntarias de Cruz Roja Mexicana.

1940: Fallece el mes de marzo en la ciudad de México, D.F.

María Esther Talamantes Perales

Nuestra Sufragista Zacatecana.

“El trabajo lo vence todo. Esta mujer provinciana, heredó la laboriosidad de los hijos de esa tierra… Ella es un definido y grande valor zacatecano. Tiene desarrollada una labor noble y prestigiosa en lo político y social”.

María Esther Talamantes Perales nació en Valparaíso, Zacatecas el 10 de junio de 1920. Valparaíso es un municipio que se encuentra al suroeste de Zacatecas. Se puede admirar su imponente sierra y los cascos de las antiguas haciendas que florecieron en otros tiempos. La región tuvo un papel sobresaliente en la llamada Guerra Cristera, precisamente por las haciendas ahí existentes. La Guerra Cristera en el fondo se explica por el enfrentamiento de dos proyectos políticos, pero sobre todo, económico-sociales: por un lado, el antiguo régimen de los señores de la tierra que tenían acasillados a los campesinos convertidos en sus peones, explotando su mano de obra; y por el otro, el nuevo régimen posrevolucionario, el que impulsó el reparto de la tierra entre los campesinos despojados, los antiguos peones, convertidos ahora –precisamente por el agrarismo- en ejidatarios libres. Hemos señalado que el padre de María Esther fue el Capitán Jesús Talamantes Hernández, quien murió en defensa del agrarismo cuando María Esther tenía apenas 3 años. La madre de María Esther, fue Doña María Hilaria Perales Monteyano. Dados los hechos trágicos en que murió su esposo, Doña María decide salir de Valparaíso con su pequeña hija, trasladándose a Fresnillo, villa cercana de donde ella era nativa. Ahí permanecen madre e hija algunos años. Más tarde, hacia 1927, Doña María Perales toma la decisión de trasladarse a la Ciudad de México, donde ya radicaban dos hermanas suyas. El motivo de un cambio de residencia tan osado para la época era claro, lograr mejores oportunidades de vida. Doña María opta por dejar su pequeño pueblo e irse a residir a la capital del país, para que su hija María Esther tuviera las oportunidades de educación que entonces no existía en Zacatecas. Para justipreciar la decisión de la madre de María Esther, debemos tomar muy en cuenta el contexto cultural en el que la sociedad mexicana se desenvolvía en aquellos tiempos, respecto del papel y la función social de las mujeres. En esa época la experiencia de vida de una mujer debía apegarse a un modelo social del deber ser mujer, el cual tenía unos límites muy estrechos. La función social de la mujer estaba ya determinado; la concepción generalizada que se tenía entonces era que la mujer debía desarrollar su vida en la familia, en el matrimonio, en el cuidado de los demás; obedeciendo a los varones y dándole sentido a su existencia en la reproducción y educación de sus hijos. Lo anterior era lo propio de una mujer que se reconociera como “decente”. La sujeción social en que vivían las mujeres de esos tiempos tenía lugar en casi todos los ámbitos de la experiencia cotidiana, de tal suerte que ésta se puede constatar en el entramado de leyes que regulaban la convivencia social, -y especialmente la relación entre los sexos-. Por ello es sorprendente que María Esther tuviera una experiencia de vida diferente a la que marcaba la tradición social para las mujeres de su época. Es decir, no siguió lo que entonces era considerado lo propio del ser de las mujeres. Su vida estuvo dedicada a la superación personal y al estudio. Esto se debió a la motivación y exigencia de las mujeres que la criaron y que modelaron su carácter. Primero su madre, Doña María Perales, quien constantemente le decía: Tú no tienes a quién recurrir, ni quien te tienda la mano; debes estudiar de día y de noche6. También habrían influido sus tías Luz y María de Jesús Perales, mujeres con quien María Esther compartió gran parte de su vida. Para procurarse el sustento, la madre de María Esther y sus dos hermanas se dedicaban a la costura, de cuyo trabajo vivían. Doña María Perales se aseguró que su hija se apegara al estudio, pues partía del hecho de que al ser huérfana María Esther tendría que abrirse camino por medio del estudio. Dado el carácter tímido de “la Nena” como cariñosamente le llamaban en su casa a María Esther, su madre hizo que ella tomara clases de oratoria. Ese recurso le sería de gran utilidad en los años venideros. Paralelamente a sus estudios de secundaria, aprendió taquimecanografía y guitarra. María Esther realizó sus estudios básicos y de preparatoria entre 1928-1938.

María Esther Talamantes a los 22 años. Fue su madre, doña María Perales de Talamantes, quien educó a su única hija con una disciplina militar a costa de grandes sacrificios económicos… Así llegó Esther a la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional. Al recibirse de abogada, se prometió a sí misma ayudar a quien pudiera, ya que ella no tuvo a quien recurrir, ni quien le tendiera la mano. El trabajo lo vence todo. Nota periodística. 28 de julio 1977.

Si conocemos un poco la ideología sexista y conservadora del México de las primeras décadas del siglo pasado, realmente nos resulta admirable que una mujer –provinciana, huérfana de padre y con escasos recursos económicos- accediera a los estudios universitarios. Y es admirable, porque si pensamos en el contexto social de entonces, éste nos remite inmediatamente a todas las adversidades, obstáculos y el rechazo social que las mujeres que accedían a la universidad tendrían que enfrentar; puesto que este hecho fracturaba o ponía en cuestión el deber ser de la mujer, el universo de concepciones simbólicas e imaginarias sobre La Mujer. Por ello, el que María Esther ingresara en 1939 a una carrera universitaria, no es cosa menor, y de entrada ya nos habla de su carácter y temple; nos evoca todas las dificultades que tuvo que vivenciar y superar.

De cualquier forma, a partir de su ingreso a los estudios universitarios, parece decidirse el destino –afortunado- de María Esther Talamantes. Ella realiza sus estudios de Derecho en la Escuela de Jurisprudencia de la Universidad Nacional Autónoma de México entre 1939 y 1944. Siendo de las pocas mujeres mexicanas en graduarse como abogada en aquellos años. Su título de Licenciada en Derecho luce hoy en su sala. En 1947, María Esther presentó su tesis para obtener el título de Licenciada en Derecho. Se trata de un estudio llamado: Someras consideraciones acerca de la Equidad en la Jurisdicción del Trabajo. Como se observa, el primer interés de María Esther lo enfocó al derecho laboral. La tesis está dedicada a su madre y sus tías, las mujeres con quienes compartía entonces su vida. En 1948 obtiene su título profesional.

María Rodríguez Murillo

La Maestra María Rodríguez Murillo era originaria del rancho de San Antonio, Tabasco, Zac. y nació el año 1891. Sus padres fueron Higinio Rodríguez y Brígida Murillo. En los años 1932-1933 prestó sus servicios como maestra rural en el Plateado, Zac. En el año 1935 se encontraba laborando en la comunidad de Huiscolco del municipio de Tabasco.

Para esas fechas la revolución cristera casi había llegado a su fin solo pequeños grupos de bandoleros y saqueadores quedaban en diferentes regiones de Zacatecas, Jalisco, Michoacán y Nayarit principalmente.

Se cuenta que en la madrugada del día 26 de octubre de 1935 llegó a Huiscolco un grupo de gente armada y dirigiéndose a la casa donde vivía la maestra, la obligaron a salir para interrogarla sobre si tenía libros de literatura comunista e inmoral. Ella contestó un tanto temerosa que sus libros no eran inmorales, que eran libros de apoyo didáctico y los utilizaba para enseñar a sus niños, sus libros nada tenían que ver con la filosofía comunista. Ella enseñaba el alfabeto y manualidades a niños, jóvenes y señoras de la comunidad.

Haciendo caso omiso a sus ruegos de que la dejaran en paz, la obligaron a entregarles todo el pequeño archivo escolar y los libros que poseía. Por unos minutos los bandoleros se retiraron a revisar los documentos cuando estos se retiraron, los vecinos que acompañaban a la maestra, le rogaban que abandonara el lugar, le proponían esconderla para que nada malo le sucediera pues ya presentían el regreso de los facinerosos y sabía cómo se las gastaban para castigar a los maestros de ese tiempo.

La maestra, segura de su inocencia, no aceptó huir prefiriendo hacer frente a su fatal destino. Nunca creyó que aquellos perversos a quienes en forma personal les había proporcionado ayuda y servicios, fueran a lastimarla.

Más tarde regresaron los cristeros y echándole en cara que el contenido de los papeles y libros eran cosas malas, la sacaron a tirones de su casa, le rasgaron sus ropas dejándola desnuda, lazándola de la cintura la arrastraron a cabeza de silla por callejones de la comunidad. No conformes con su infamia los descastados, cortaron con un cuchillo sus senos a la maestra y la dejaron sangrando y moribunda a las orillas del rancho. Al filo del mediodía los vecinos recogieron su cuerpo aún con vida y la trasladaron a Tabasco en donde murió.